El 24 de febrero de 2022, una orden de invasión lanzada por Vladimir Putin estalla en toda Ucrania provocando el fin o con mejor “suerte” una pausa en las vidas de los ucranianos.
Según datos de la ONU ya han salido de Ucrania 8 millones de personas buscando seguridad, el resto de habitantes que siguen allí sufren las consecuencias de una larga guerra que ahora amenaza con hacerse más dura con la llegada del invierno ya que las infraestructuras energéticas han sido bombardeadas dejando a la población sin suministro de agua, luz y calefacción, lo que recrudece el día a día de los que aún siguen allí.
Un drama que están viviendo las familias refugiadas más allá de sus fronteras, que aún estando a salvo, sienten la angustia y preocupación por su familia que sigue en Ucrania y que está sobreviviendo en esas condiciones tan desfavorables.
Estas son las historias de 4 familias que han tenido que huir dejando atrás parte de quienes son, para salvar sus vidas. De unas madres valientes que cuidan y mantienen a su familia y que aunque por las noches lloran en su almohada, por la mañanas ponen la mejor de sus sonrisas y la mirada más serena para sus hijos. De unos niños que se han tenido que separar de parte de su familia, que han perdido sus casas, sus colegios y que han visto cosas que unos ojos tan inocentes como los suyos no deberían de haber visto nunca, acontecimientos traumáticos que en muchos casos les ha hecho pasar de la niñez a la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos.
Cruz Roja a nivel nacional ha atendido a más de 118.000 personas. En Madrid se han atendido a más de 20.000, siendo la mayoría mujeres y niños, cubriendo todas sus necesidades básicas, dándoles cobijo, ayuda psicológica, soporte, escolarización para los menores, orientación laboral, administrativa, apoyo y por encima de todo amor, en un entorno de solidaridad impresionante.
Gracias a los miles de voluntarios, familias de acogida, traductores y personal sanitario, que han hecho que la desesperación y el sufrimiento  de esas familias se apacigüe, ojalá esto termine pronto y todos puedan volver a un sereno y seguro hogar.

Reportaje realizado por Esther Vázquez con el apoyo de Cruz Roja Madrid.


Iryna y sus 3 hijos de 2, 8 y 11 años.

Mientras estaba preparando a sus hijos para el colegio, recibió un mensaje en el móvil que decía que se cancelaban las clases porque había empezado la guerra, no se podía creer lo que estaba leyendo. Ellos vivían en Lviv.
Pasaron varios meses refugiados en el sótano de su edificio, un sitio sucio y lleno de trastos viejos que entre todos los vecinos limpiaron, llenaron de alfombras, sofás, y juguetes para que los niños estuvieran a salvo en lo más parecido a un hogar. Allí cantaban, pintaban y se entretenían mientras oían las alarmas y el ruido de los misiles sobrevolando. “Sobrevivir a esto no solo ha sido difícil por el frío, la falta de alimentos y condiciones básicas sino también por el miedo, la angustia y la desesperación, aunque delante de los niños intentamos ocultarlo” dice Iryna mientras se seca las lágrimas. Muchos de sus vecinos siguen todavía allí.
A finales de agosto viendo que la situación no mejoraba y que se ponía cada vez más dura decidió irse de Ucrania. Después de 10 h en la frontera cogieron un autobús destino a Varsovia en el que pasaron 2 días en un centro para refugiados y de allí un avión hasta Madrid donde les esperaba Cruz Roja. Sus expresivos ojos solo muestran gratitud hacia todos los voluntarios que les están ayudando.
Iryna trabajaba en una biblioteca infantil que aún sigue en pie y a la que espera regresar pronto


Vita con sus hijos de 11 y 7 años

 Vita  recuerda que estaban durmiendo cuando les despertó un ruido, se asomó a la ventana y no podía creer lo que estaba viendo, tanques rusos cruzando por delante de su casa. Ellos vivían en Sumy, una población que hace frontera con Rusia.
Se quedaron un mes allí, en un refugio en el sótano de su edificio sin poder salir para nada ya que era muy peligroso porque militares rusos disparaban a los vecinos que trataban de huir. Recuerda que cuando alguien salía de allí hacían carteles para pegar en las ventanas de los coches avisando de que había niños dentro para que los soldados rusos sintieran algún tipo de compasión y no les dispararan.
Al mes abrieron un corredor humanitario para que salieran los civiles y cuenta como nunca olvidará ese camino junto a sus hijos. “ Había minas, personas muertas, toda la ciudad estaba en fuego, pasamos muchísimo miedo” cuenta Vita. Llegaron a Lviv donde estuvieron en el sótano de un centro comercial y allí un voluntario les ofreció las tres plazas de autobús hacia una vida más segura en España.
Este verano la avisaron de que su casa había sido destruida, pero en ese momento no había nadie allí, todos sus familiares están vivos (toca madera) aunque están pasando mucho frío sin calefacción y sin luz. Las conexiones telefónicas son difíciles pero cada vez que consigue hablar con alguien de su familia da gracias de que sigan vivos.
Ella se pensaba que era una persona muy delicada y ahora se sorprende de lo fuerte que está llegando a ser y aunque por las noches, cuando sus hijos duermen se derrumba, siempre tiene una sonrisa para ellos por la mañana.
Están muy agradecidos por todo en lo que se les está ayudando, tienen sus necesidades cubiertas, ayuda psicológica y los niños están escolarizados, pero como dice ella “aquí soy una invitada, en cuanto pueda volveré a Ucrania a reconstruir mi vida y mi país.”


Lesia y sus dos hijos de 16 y 2 años



El 24 de febrero estaba dando de comer a su hija cuando escuchó un fuerte estallido, pensó que había pasado algo en la fábrica metalúrgica que tenía cerca de casa y en la que trabajaba, pero empezaron las llamadas y con ellas la confirmación de que había empezado una guerra. Lesia y su familia vivían en Kryvyi Rih, en el centro-sur del país.
Con las maletas medio preparadas esperaron un tiempo hasta que decidieron irse a casa de su tía en Lviv en un viaje que nunca olvidará. Durante 24 interminables horas, recorrieron 1200 km en tren sin poder sentarse y con un solo baño para las 340 personas que allí estaban. Había tan poco sitio que solo les dejaban entrar con una pequeña mochila con lo más básico y tuvieron que dejar sus maletas en la estación. “Fue horrible, las bombas caían muy cerca del tren, sonaban las alarmas y estabas ahí con los niños sin saber si la siguiente nos caería encima” dice Lesia con la voz entrecortada.
Llegaron a Lviv, pero el 26 de marzo se empezó a complicar también todo allí. Su corazón estaba roto por dos partes, por un lado no quería salir de Ucrania porque lo es todo para ella, su familia está allí. Pero por otro lado, sus amigos que estaban combatiendo en la guerra y que tenían más información le dijeron que la situación era “muy muy mala” y que debía irse y salvar a sus hijos.
Sueña con el día que pueda volver a Ucrania y reunirse de nuevo con su familia y termina su conversación con un “gracias España, paz para Ucrania''. 



Hanna con su madre Olena y sus dos hijos de 12 y 7 años.



“Mamá, ¿no voy al colegio hoy?. Ahora no te lo puedo explicar pero coge tus cosas que nos vamos”, le dijo Hanna a su hija de 12 años el pasado 24 de febrero.
Así empezó todo otra vez para esta familia que lleva ya dos guerras a sus espaldas. Primero fue en el 2014 cuando tuvieron que huir de Lugansk por el levantamiento de las milicias separatistas apoyadas por Moscú y ahora con esta invasión lanzada por el presidente ruso. Nunca imaginaron que tendrían que pasar por esto dos veces. Se sienten como personas sin hogar ya que llevan 8 años cambiando de ciudad, volviendo a rehacer sus vidas, trabajos, casas, colegios y de nuevo otra vez a huir con una pequeña maleta bajo el brazo.
No tienen idea de como esta su vivienda en Lugansk desde que se fueron en 2014 y en la que estaban ahora de alquiler en Severodonetsk está destruida, así que esperan que llegue la paz para volver a rehacer su vida de nuevo en algún lugar de Ucrania, aunque de momento lo ven lejano aún.
Desde que huyeron han pasado por una familia de acogida en Valencia, después Valladolid y ahora se encuentran aquí en Madrid muy agradecidos con Cruz Roja y el programa de protección internacional. Tienen donde vivir, comida, apoyo psicológico y administrativo y sus hijos están felices en el colegio. Después de que la guerra les arrebatase todo, estar a salvo es lo único que desean.


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